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Consentimiento

Acuerdo libre, informado y reversible sobre lo que va a pasar. En BDSM se da sabiendo qué se hará y qué riesgos tiene, y puede retirarse en cualquier momento, también en mitad de la escena.

La palabra se usa igual en BDSM que en cualquier otro contexto, pero aquí se vuelve explícita de una forma que en la sexualidad convencional casi nunca se hace: se habla de qué va a pasar, no se da por supuesto. Esa costumbre de nombrar antes de actuar distingue a la comunidad, más que cualquier práctica concreta que se le asocie desde fuera.

Se confunde con la negociación, que es la conversación donde el consentimiento se construye, pero no son lo mismo: se puede negociar durante horas y aun así no dar consentimiento a algo concreto que sale de esa charla. El consentimiento es el resultado; la negociación, el proceso previo que lo hace posible.

Las tres condiciones que lo hacen válido

Libertad: sin presión, sin insistencia después de un no, sin condicionarlo a otra cosa. Información: se sabe con precisión razonable a qué se dice que sí, incluidos los riesgos reales. Reversibilidad: puede retirarse en cualquier momento, incluso en mitad de la escena, y un sí de ayer no obliga hoy. Falta cualquiera de las tres y lo que hay ya no es consentimiento, por mucho que alguien insista en llamarlo así.

Dónde se traza la frontera con el abuso

El abuso no se negocia, no tiene safeword que se respete y no admite un no real. Frases como una sumisa de verdad no se queja describen maltrato con vocabulario prestado de la comunidad, y reconocer esa apropiación es parte de lo que cualquier recién llegado necesita aprender pronto. Cuando ese consentimiento se rompe de forma activa, el término exacto es violación de consentimiento, no un límite que se pasó por accidente, y esa distinción vale también para las relaciones más largas y ya asentadas entre dos personas.