Sumisión · 4 min de lectura
Ámbar
por Adrián Sal · relato de ficción
Contiene
La palabra que eligieron fue ámbar. Tardó cuatro meses en usarla, y esa noche entendió para qué servía de verdad.
Elegimos ámbar porque no había forma de que saliera sola. Nadie dice «ámbar» por accidente.
Durante cuatro meses no la usé. No porque no hiciera falta —hubo dos o tres veces en que quizá sí— sino por una idea absurda que tenía metida en la cabeza: que usarla era fallar. Que si paraba, ella iba a pensar que yo no valía para esto.
La noche que la dije no fue por dolor. Eso es lo raro. Íbamos por la mitad de algo que habíamos hecho ya cuatro veces, algo que me gustaba, y de pronto me vino la cara de mi padre a la cabeza. Así, sin más. Llevaba tres semanas muerto.
—Ámbar.
No hizo ni una pregunta. Paró en seco, me soltó las manos y se puso a mi lado. Ni «¿qué pasa?» ni «¿estás bien?» ni nada. Solo se quedó ahí.
Al rato me oí decir «es mi padre» y me eché a llorar de una manera que no había llorado en el entierro.
Estuvimos así hasta las tantas. En algún momento me trajo agua. En algún momento me tapó. En ningún momento me dijo que no pasaba nada, que es lo que dice la gente cuando no sabe qué decir.
Al día siguiente hablamos. Le pedí perdón por haber cortado y ella me dijo que no volviera a pedir perdón por eso en la vida.
—La palabra está para usarla. Si nunca la usas, no tengo forma de saber si estás bien o si estás aguantando.
Lo pensé mucho después. Yo creía que la palabra de seguridad era mi red por si ella se pasaba. Y resulta que era también la de ella: la única manera que tenía de fiarse de que mi silencio significaba que sí.