A distancia · 5 min de lectura
Seis horas de diferencia
por Lena Cifuentes · relato de ficción
Contiene
Ella en Madrid, él en Bogotá. Una rutina diaria de tres mensajes que aguantó lo que no aguantan muchas relaciones presenciales.
La primera regla fue la del despertar. A las siete de la mañana en Madrid —la una de la madrugada en Bogotá— yo mandaba un mensaje con tres cosas: cómo había dormido, qué tenía ese día y cómo estaba de ánimo del uno al cinco.
Él lo leía seis horas después, cuando se levantaba. A veces contestaba con una frase. A veces con una instrucción para el día. A veces solo con «recibido», y eso ya bastaba.
Suena a poco. Es lo que sostuvo aquello durante catorce meses.
Habíamos empezado como empiezan estas cosas: hablando mucho, con la cámara encendida desde la tercera conversación porque él insistió en que quisiera saber quién era yo antes que qué era yo. Aquello me pareció una tontería entonces. Ahora sé lo que era.
Las reglas eran pequeñas a propósito. Nada de horarios imposibles ni de cosas que dependieran de que yo estuviera sola en casa. Cosas cumplibles un martes de mierda con dos reuniones y el metro averiado. Porque el día que dejas de cumplir una regla ambiciosa, ya no vuelves.
Y había una salida. «Hoy no puedo» era una frase completa, no necesitaba explicación, y no se leía como desobediencia. La usé seis veces en catorce meses. La primera me temblaban las manos al escribirla. La sexta la escribí en el bus.
Los domingos hacíamos la llamada larga, la que no era de rol. Ahí él era Camilo y yo era Lena y nos preguntábamos qué tal iba esto. Una vez le dije que estaba cansada de la regla de las siete. La quitamos esa misma semana y pusimos otra.
La gente se piensa que una dinámica a distancia se sostiene con intensidad. Es al revés. Se sostiene con la parte más aburrida: la repetición, el horario acordado y poder decir que hoy no.
Nos vimos en persona a los siete meses. En un aeropuerto, con toda la torpeza que eso tiene. No cuento esa parte.